Por Wilson Esquivel Serrano, CPA No. 4708 | KEVAS Consultores y Asesores S.A.

Un capitán experimentado jamás zarparía sin timón, brújula, radar y bitácora. No porque lo obligue ninguna ley marítima, sino porque sabe que el mar cambia, que la tormenta llega sin avisar, y que quien navega sin instrumentos termina, tarde o temprano, a merced de las corrientes. Lo que muchos empresarios costarricenses no han comprendido todavía es que su empresa navega en un mar igual de impredecible. El mar de la economía, los clientes, la competencia, el fisco, los bancos y los imprevistos. Y la contabilidad bajo Normas Internacionales de Información Financiera es precisamente ese conjunto de instrumentos que la mayoría no está usando.

El mito que está costando empresas

La frase la escucho con frecuencia en consultoría. Yo llevo contabilidad porque me lo exige Tributación. Esa sola oración revela el problema de fondo. Cuando un empresario percibe la contabilidad como un trámite fiscal, la trata como gasto. La terceriza al precio más bajo posible, no la revisa, no la entiende y confía en que el contador le haga los papeles. El resultado inevitable es una contabilidad tributaria, no financiera. Son cosas distintas.

La contabilidad bajo NIIF, sea NIIF Full para empresas grandes, NIIF para PYMES para pequeñas y medianas, o NICSP para el sector público, no existe para satisfacer al fisco. Existe para darle al empresario una fotografía fiel, comparable y defendible de su empresa. Cumplir con Tributación es una consecuencia, no el propósito. Esa diferencia de propósito cambia todo.

Timón, para decidir con criterio

El timón es el instrumento que permite corregir rumbo. En la empresa, ese instrumento es la contabilidad que reconoce correctamente sus ingresos, valora sus inventarios, deprecia sus activos conforme a su uso real y refleja sus pasivos completos. Sin ese marco, el empresario decide con la información equivocada.

Me tocó revisar el caso de un empresario que decidió expandir su operación con nueva sucursal, nueva planilla y nueva deuda, basándose en la plata que veía en la cuenta bancaria. Lo que no vio fue que buena parte de ese saldo correspondía a anticipos de clientes, es decir, pasivos pendientes de prestación. Su contabilidad, llevada solo para efectos fiscales, no distinguía entre ingreso ganado e ingreso diferido. Decidió expandir con dinero que no era suyo. Quebró por iliquidez antes del primer año de la nueva sucursal. No le faltaron ventas. Le faltó timón.

Brújula, para saber dónde está

La brújula permite comparar. La contabilidad NIIF, por su exigencia de uniformidad entre períodos, es lo único que le permite al empresario responder con precisión a tres preguntas fundamentales. ¿Voy mejor o peor que el año pasado? ¿En qué línea de negocio estoy ganando realmente? ¿Qué cambió estructuralmente en mi patrimonio?

Una contabilidad que varía de criterios entre un año y otro, porque el contador cambió, porque así se venía haciendo, o porque conviene fiscalmente, no es brújula. Es ruido. El empresario que la tiene cree saber dónde está. Pero en realidad va flotando sin referencia.

Radar, para anticipar lo que no se ve

Las NIIF obligan a reconocer lo que aún no ha ocurrido pero es probable que ocurra. Contingencias legales, deterioros de activos, incobrabilidades, obligaciones laborales acumuladas, riesgos contractuales. Esa obligación de reconocer lo probable y no solo lo ocurrido es lo que convierte a la contabilidad en radar.

Conocí una empresa que mantenía una relación comercial intensa con un cliente importante que arrastraba prácticas de facturación irregulares. La contabilidad de mi cliente, llevada de forma básica y sin análisis de riesgos cruzados, nunca reconoció esa exposición. Cuando Tributación abrió proceso contra el cliente, las operaciones conexas quedaron bajo la lupa. El empresario se enteró del problema cuando ya estaba dentro de él. Una contabilidad NIIF bien implementada habría encendido luces de alerta mucho antes.

Bitácora, la defensa que no se improvisa

Aquí quiero ser directo, porque demasiados empresarios descubren esta verdad tarde. Cuando Tributación llega a fiscalizar, cuando un banco pide estados financieros para un crédito, cuando un auditor externo entra a revisar, o cuando un comprador potencial quiere hacer una adquisición, lo único que habla por usted es su contabilidad. No su palabra, no su trayectoria, no sus facturas sueltas. Su contabilidad documentada y sustentada bajo NIIF.

Una contabilidad deficiente no es un problema administrativo. Es un problema de defensa legal y financiera. Cuando Tributación objeta una partida y el empresario no tiene documentación técnica para justificar el tratamiento contable aplicado, pierde el argumento automáticamente. Los ajustes fiscales, con intereses y sanciones, se acumulan. Los créditos bancarios se rechazan porque los estados financieros no pasan análisis técnico. Los auditores emiten opiniones con salvedades o, peor, abstenciones de opinión, que destruyen la credibilidad financiera de la empresa frente a cualquier tercero.

He visto empresarios aceptar ajustes fiscales evitables simplemente porque no tenían cómo defenderse. El dinero que ahorraron en contabilidad durante años lo pagaron de golpe en ajustes, intereses y multas. La bitácora que no llevaron a tiempo terminó siendo el documento que más les costó no tener.

Dos empresas, dos destinos

La empresa con contabilidad NIIF toma decisiones informadas basadas en datos fiables, mientras la empresa sin ella decide por intuición o por saldo bancario. La primera compara períodos con criterios uniformes. La segunda compara con criterios cambiantes, lo que en la práctica es no comparar. La primera anticipa riesgos y los documenta. La segunda se entera cuando el riesgo ya ocurrió.

Frente a Tributación, la primera se defiende con soporte técnico. La segunda queda expuesta a ajustes. Frente a un banco, la primera accede a crédito con condiciones razonables. La segunda es restringida o penalizada con tasas altas. Frente a un auditor externo, la primera recibe opinión limpia. La segunda arrastra salvedades que destruyen su credibilidad. Frente a un comprador potencial, la primera puede ser valorada de forma cuantificable. La segunda apenas se vende por especulación. Y frente a su propio dueño, la primera genera tranquilidad. La segunda, incertidumbre permanente.

Reflexión final

Durante más de catorce años de cátedra universitaria insistí en una idea que mis estudiantes de contabilidad de costos terminaron aprendiendo. Los estados financieros no se hacen para presentarlos. Se hacen para pensarlos. El empresario que entiende esa diferencia cambia por completo su relación con la contabilidad. Deja de verla como gasto y empieza a verla como la herramienta más poderosa de gestión que tiene a disposición.

Si usted es dueño o director de una PYME costarricense, hágase una pregunta sencilla antes de cerrar esta lectura. Si mañana lo llaman a una fiscalización, si el banco le pide estados auditados, si un comprador potencial le solicita los libros, o si simplemente necesita tomar una decisión estratégica de inversión, ¿su contabilidad actual le sirve para defenderse, para decidir y para demostrar valor? Si la respuesta honesta no es un sí rotundo, su empresa está navegando sin instrumentos. Y el mar nunca avisa.

En KEVAS no llevamos contabilidad para cumplir. Construimos sistemas contables bajo marco NIIF que funcionan como timón, brújula, radar y bitácora al mismo tiempo. Una empresa sin instrumentos puede tener suerte un tiempo. Pero ningún patrimonio serio se sostiene sobre la suerte.

Wilson Esquivel Serrano es Contador Público Autorizado (CPA No. 4708), Máster en Derecho Tributario y Fiscal, certificado en NIIF para PYMES por el Colegio de Contadores Públicos de Costa Rica, y docente universitario de Contabilidad de Costos con más de catorce años de experiencia de aula. Dirige KEVAS Consultores y Asesores S.A., firma costarricense con más de 30 años de trayectoria en auditoría forense, estrategia fiscal, NIIF y automatización financiera con inteligencia artificial.

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